Cultivando la calma



Cuando nos sentimos tristes, angustiados, enojados o frustrados, tenemos la tendencia de perder el control y a veces llegamos al punto en que nuestras emociones se desbordan hasta meternos ocasionalmente en problemas. Decimos cosas que no sentimos realmente, tomamos decisiones de manera visceral e impulsiva o incluso llegamos a pensar que esto es el final del camino. Cuando esto es una constante, nuestra mente sufre y se enferma, entrando en un círculo de dolor en el que es muy difícil encontrar la salida.


Todas nuestras emociones se generan a partir de nuestra mente, y cuando nuestra mente se encuentra agitada, las emociones suelen ser agitadas también, no vemos con claridad y corremos muchos riesgos de concluir con las decisiones menos convenientes para nosotros mismos. Es como tratar de caminar en un bosque con los ojos cerrados. Por lo tanto, lo que necesitamos es desarrollar calma y claridad en nuestra mente.

Sin embargo, ¿Qué tanto tiempo dedicas en tu vida a cultivar tu calma?

Un minuto al día, una hora, o más bien nunca te habías cuestionado si eso era algo que tenía que ser parte de tu rutina. Reflexiona por un momento que tanto tiempo del día dedicas a comer, a descansar, a dormir, a ejercitar tu cuerpo. Ahora, si trataras de priorizar, ¿Por dónde deberías empezar? Tal vez si pensamos ¿Cuánto tiempo puedo pasar sin comer? ¿Sin dormir? ¿Sin ejercitarme? y ¿Sin respirar? Exacto, la prioridad incluso sobre el alimento, es la respiración. Y sucede que la respiración es uno de los vehículos directos a la relajación y a la meditación, que por cierto, no son lo mismo. La relajación puede ser guiada por la respiración, y esto a su vez puede ser el asiento perfecto para la meditación. Entonces el primer paso para cultivar mi calma es ser consciente de mi respiración, ya que esta puede guiar mi emoción.



Si en este momento empiezas a respirar inhalando en 4 tiempos, reteniendo 6 y exhalando en 8, a la tercera o cuarta ronda de respiración, empezarás a sentir la relajación. Una vez que tu cuerpo empieza a relajarse y liberarse de la tensión, es más fácil entrar a un estado de meditación en el que intentas concentrar tu atención en tu respiración, en cómo entra y sale el aire por tu nariz, cómo tus pulmones se expanden y se contraen al llenarse y vaciarse de aire. Cuando le das a tu mente la respiración para mantenerse atenta a ella, sucede que poco a poco va dejando de distraerse con los pensamientos que comúnmente aparecen en la mente cuando intentamos vaciarla. Pensamientos que se agolpan en nuestra mente y que parecen una maraña de pensamientos sin principio ni final. Cuando meditas, estableces una relación de paz contigo mismo, con tu esencia y con tu mente. Puedes convertirte en un observador de tu mente y puedes escucharla y silenciarla cuando es necesario. Te conectas con un estado de calma plena y conexión con el todo, en la cual te sientes inmensamente cómodo y pierdes la noción del tiempo. Asientas tu mente por unos instantes en un estado de plenitud que no tiene razones ni condiciones, y que simplemente se expande con cada inhalación.

La meditación no es una técnica sino más bien un destino, es un estado al que queremos llegar y existen muchas maneras de llegar a él, aunque una vez alcanzado este estado de meditación, siempre nos encontramos con lo mismo, un vacío en nuestro ser desde el cual existe una sensación de plenitud y calma.



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